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«He tenido la voluntad de explorar siempre las posibilidades de la comunicación para servir al país»

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Por: Madeleine Sautié (Periódico Granma)

Rosa Miriam Elizalde, reconocida periodista distinguida con el Premio Nacional de Comunicación Social 2026, en conversación con Granma, explica su deseo de pensarlo «no como un punto de llegada, sino como parte de la construcción colectiva de una disciplina que todavía tiene muchísimo que aportar a Cuba.

El Premio Nacional de Comunicación Social es muy joven. Solo dos personalidades lo han recibido en correspondencia con sus dos convocatorias. En la segunda ocasión, le ha sido concedido a la doctora Rosa Miriam Elizalde, reconocida periodista que también ha sido distinguida con el Premio Nacional de Periodismo José Martí. 

Las razones por las que se le otorgó el de Comunicación Social rezan en un acta cuyo contenido se difundió en junio de 2026, cuando se le otorgó el Premio, pero al iniciar con ella esta conversación, quisimos saber cuáles consideraba que eran los desempeños que más apuntaron a que se le concediera.

«Es difícil mirarse a una misma y establecer qué merece ser reconocido y qué no. Uno tiende a recordar más lo que le faltó por hacer, los errores, las cosas que pudieron salir mejor. Además, casi todo lo que he hecho ha sido parte de una obra colectiva. Si tuviera que encontrar un hilo conductor en mi vida profesional, diría que ha sido la voluntad de explorar siempre las posibilidades de la comunicación para servir al país. Primero en Juventud Rebelde, que fue mi gran escuela, y más tarde desde el universo digital, cuando internet comenzaba a abrir un escenario completamente nuevo para Cuba.

«Tuve la fortuna de participar en experiencias pioneras como La Jiribilla, Cubasí y Cubadebate, y de dedicar después muchos años al estudio de los ecosistemas digitales, las redes sociales, la comunicación política y las transformaciones del sistema de medios. No separaría esas experiencias de la práctica de la investigación y la docencia. Para mí todos esos momentos han sido eslabones de las mismas preguntas: cómo comunicarnos mejor, cómo comprender el mundo en que vivimos y cómo conseguir que la verdad de Cuba tenga capacidad real para circular y ser escuchada».

– ¿Qué profesionales que la precedieron aparecieron en su memoria cuando supo que había sido distinguida con el premio?

–Muchísimos. Nadie llega solo a ninguna parte. Somos también los libros que leímos, los periodistas que admiramos, los profesores que nos exigieron, los compañeros de redacción que corrigieron nuestros textos y las personas que nos enseñaron a mirar, que es más que ver.

«Pensé inevitablemente en aquella generación de grandes periodistas cubanos que nos hizo enamorarnos del oficio y nos enseñaron que el periodismo podía tener rigor y, al mismo tiempo, belleza; que se podía experimentar con el lenguaje sin renunciar a la responsabilidad política y social. Como investigadora, tengo una deuda infinita con Julio García Luis y con Miguel Limia David; como periodista que percibe los problemas, sacrificios y heroicidades muchas veces anónimas de quienes integran la prensa en Cuba, mis primeros pensamientos fueron para Antonio Moltó y Ricardo Ronquillo Bello, con quienes compartí una etapa muy importante de mi vida en la Unión de Periodistas de Cuba. 

«Y pensé en Fidel, aunque no fuera periodista en el sentido profesional del término. Pocas personas comprendieron como él el valor estratégico de la comunicación, la necesidad de estudiar al interlocutor, argumentar, persuadir y entender las nuevas tecnologías no como una amenaza inevitable, sino como un territorio que había que conocer y disputar».

– ¿Siempre tuvo intuición por las letras, por el acertado uso de la palabra, o la vocación nació después?

–Creo que primero estuvo la lectura. Antes de pensar en escribir, me gustaba leer. Casi sin que nos demos cuenta, leer enseña ritmo, vocabulario, estructura, sensibilidad para reconocer cuándo una palabra sobra o cuándo falta algo esencial. No sé si hablaría de una intuición especial. Siempre he desconfiado un poco de esas explicaciones que presentan la vocación como una especie de don predestinado. La escritura es disciplina, curiosidad, muchas horas de trabajo y muchas páginas que terminan en la papelera de reciclaje (y antes en el cesto de la basura). Después descubrí que me gustaba contar historias, observar a la gente, escucharla, y eso me condujo al periodismo. Con el tiempo comprendes que escribir bien no es garrapatear una frase «bonita». Significa ser preciso. Encontrar la palabra que mejor expresa una idea y quitar todo aquello que la oscurece.

– ¿De niña o adolescente, la seducían las noticias? ¿Prefería algún medio o el gusto por el periodismo llegó más tarde?

–Sí, aunque probablemente entonces no lo habría explicado de esa manera. Como cualquier otra adolescente fascinada por la literatura y con cierta tendencia a la melancolía, me veía escribiendo novelas, aunque seguía Somos Jóvenes y, sobre todo, Juventud Rebelde. La edición dominical me fascinaba porque tenía grandes reportajes, crónicas y textos vinculados a lo que después conocimos como «periodismo literario», donde podíamos conocer un hecho y, al mismo tiempo, descubrir personajes, ambientes, contradicciones, maneras distintas de mirar la realidad. Ese fue uno de los motivos que me llevaron a estudiar Periodismo en la Universidad de La Habana. Después la profesión se encargó de enseñarme cuánto más compleja era de lo que había imaginado como lectora.

– Y estudió periodismo, que exige ser un buen comunicador. ¿Qué herramientas de la buena comunicación no puede obviar un periodista?

–La primera es escuchar. Parece obvio, pero no lo es. Escuchar significa aceptar la posibilidad de que la realidad contradiga nuestras hipótesis. La segunda es investigar. No hay buena comunicación sin conocimiento. La elocuencia puede disimular durante un tiempo la falta de profundidad, pero finalmente se nota.

«También son imprescindibles la claridad y la capacidad de síntesis. Y añadiría algo esencial: conocer a quién nos dirigimos. Comunicar no consiste simplemente en emitir mensajes o como dijo Eduardo Galeano “hacernos cartas de amor a nosotros mismos”. Implica establecer una relación con otro ser humano, con su experiencia, sus dudas, sus referencias culturales y hasta sus prejuicios. Finalmente está la ética. Un periodista puede dominar las tecnologías y hacer maromas en las redes sociales, y sin embargo, ser un pésimo comunicador si no tiene sentido de responsabilidad o carece de lo que mis mayores llamaban “decencia”».

– Un buen día se vio como editora de La Jiribilla, un semanario que nacía en el ciberespacio. ¿Se estrenaba Rosa Miriam en el mundo digital, o había algún precedente?

–Había un pequeño precedente. En 1998 viví desde Juventud Rebelde la aparición de la versión digital del periódico. Pero La Jiribilla, en 2001, significó mi entrada en ese universo como espacio profesional y como objeto de pasión. Abel Prieto e Iroel Sánchez llegaron al periódico con la idea de crear un semanario cultural en internet, en un momento en que casi nadie tenía claro hasta dónde podía llevarnos. Las redes sociales, tal como las conocemos hoy, ni siquiera existían. Cuba tenía una conectividad extremadamente limitada y el ciberespacio parecía ciencia ficción.

«Sin embargo, había algo que se intuía con claridad. La internet permitiría publicar sin algunas de las barreras tradicionales, dialogar con lectores en otros países, articular redes y romper cercos informativos. La Jiribilla fue una escuela formidable porque tuvimos que aprender haciendo. Experimentamos con lenguajes, formatos, transmisión en vivo y nuevas formas de relación con los públicos. A partir de ahí nunca más abandoné el mundo digital.

–¿Cuáles serían los imperativos de los comunicadores sociales cubanos frente a la ofensiva que sufre nuestro país por parte de Estados Unidos?

–Lo primero sería no subestimar el escenario en el que vivimos. Ya no existe una separación nítida entre el espacio físico y el digital; somos anfibios. Buena parte de las percepciones políticas, culturales y sociales se construyen hoy dentro de plataformas gobernadas por algoritmos, grandes corporaciones tecnológicas y lógicas comerciales que Cuba no controla. Por tanto, el primer imperativo es comprender ese ecosistema. No basta con tener una cuenta en una red social. Hay que estudiar cómo circula la información, cómo se forman las comunidades, cómo se construyen tendencias, cómo operan la segmentación, los algoritmos, la inteligencia artificial y las campañas coordinadas.

«El segundo imperativo es no confundir comunicación política con propaganda. Frente a una campaña de desinformación, nuestra respuesta no puede ser simplemente repetir una consigna con mayor volumen. Hay que argumentar, documentar, explicar contextos y contar historias concretas. La gente necesita razones, datos, testimonios y capacidad para verificar lo que decimos.

«Tenemos también que ser rápidos sin sacrificar rigor. En el entorno digital, dejar un vacío informativo durante horas puede significar que otros construyan el sentido de un acontecimiento antes de que nosotros hayamos comenzado a explicarlo. En comunicación funciona aquello que los antiguos llamaban horror vacui: la naturaleza aborrece el vacío. Cuando dejamos un espacio sin explicación, sin información o sin debate, ese vacío lo llena otra cosa, generalmente la manipulación, el rumor o la mala fe.

«Defender a Cuba no significa negar nuestros problemas. La credibilidad se fortalece cuando somos capaces de explicar las dificultades con transparencia, reconocer errores y diferenciar lo que depende de nuestras insuficiencias de aquello que es consecuencia de una política externa deliberadamente dirigida a asfixiar al país.

«Y, finalmente, necesitamos actuar de manera articulada. Una institución, un medio o un comunicador que trabajen de forma aislada parten de una enorme desventaja en un ecosistema global tan asimétrico, dominado por grandes intereses económicos y políticos que muchas veces operan de manera opaca. Pero sería un error confundir ese poder con la omnipotencia. Que Estados Unidos tenga una capacidad extraordinaria para distribuir mensajes, intoxicar, imponer temas o silenciar voces no significa poder determinar por completo lo que las personas piensan, sienten y hacen. Los pueblos no son receptores pasivos; tienen experiencias, memoria, vínculos y capacidad de juicio. Ningún poder mediático puede controlar enteramente la relación entre lo que se cuenta y lo que se vive».

– ¿Cómo pueden los medios de prensa trabajar con más rigor por la soberanía informativa?

–Empezando por entender que la soberanía informativa no se decreta. Se construye con credibilidad. Un medio es soberano cuando tiene capacidad para producir información propia, investigar, interpretar la realidad desde sus circunstancias y establecer una relación de confianza con sus públicos. Si simplemente reproduce comunicados o llega tarde a los acontecimientos, cede soberanía, aunque sus intenciones políticas sean impecables.

«Necesitamos más investigación, más reporterismo y más presencia donde ocurren las cosas. La prensa tiene que preguntar, comprobar, contrastar y explicar. También debe ampliar sus fuentes. La realidad cubana es demasiado compleja para que pueda ser narrada únicamente desde las instituciones.

«Hay que fortalecer además la cultura de datos y el conocimiento de las audiencias. Saber quién nos lee, por qué abandona un contenido, qué dudas tiene, qué asuntos busca, desde qué dispositivos accede. No para convertir el periodismo en una esclavitud del clic, sino precisamente para entender mejor a quienes queremos servir. Y, por supuesto, necesitamos infraestructura y capacidades propias. Depender absolutamente de plataformas extranjeras para almacenar, distribuir y jerarquizar nuestra información crea una vulnerabilidad evidente.

«Pero hay una soberanía todavía más profunda: la capacidad de construir nuestra propia agenda. No podemos pasarnos la vida respondiendo a lo que otros dicen de Cuba. Deberíamos decidir qué historias queremos contar, qué debates necesita la sociedad cubana y qué temas debemos colocar nosotros en la conversación internacional. La soberanía informativa implica que Cuba no sea únicamente objeto del relato ajeno, sino sujeto de su propia narración».

– Usted casi ha estrenado el premio, solo antecedida por otra excelente comunicadora, la doctora Hilda Saladrigas. Más allá de la modestia que la caracteriza, ¿qué se experimenta al ser distinguida entre las primeras de los que después lo irán mereciendo?

–Siento, ante todo, gratitud y una enorme responsabilidad. Hilda Saladrigas es una académica y comunicadora a la que respeto, debo y quiero muchísimo. Seguirla en la breve historia de este premio es ya un honor. Pero me alegra especialmente que exista el Premio Nacional de Comunicación Social, porque durante mucho tiempo nuestra sociedad identificó la comunicación casi exclusivamente con el periodismo, la publicidad o determinadas prácticas institucionales, cuando ha sido y sigue siendo un campo estratégico que atraviesa todos los procesos sociales y es el corazón de la política. No es posible la política sin comunicación, y en toda comunicación hay un anhelo político; es decir, una pretensión de seducir, de convencer, de atraer al otro hacia posiciones propias.

«Me gustaría pensar el premio no como un punto de llegada, sino como parte de la construcción colectiva de una disciplina que todavía tiene muchísimo que aportar a Cuba, con extraordinarios profesionales que lo merecen más que yo. Sería falsa modestia decir que los premios no emocionan, particularmente si son la alegría de las personas que uno quiere. Pero al final pasa la ceremonia y volvemos al trabajo. Lo que más deseo es conservar mientras viva las ganas de seguir aprendiendo».

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